La Côte d’Azur, descubriendo Cannes, Niza y alrededores

Por fin reducimos una marcha a nuestro viaje. Habíamos llegado a nuestra próxima base de operaciones. Estábamos en Grasse. Donde tendríamos unos cuantos días para relajarnos y disfrutar de la compañía de Charlotte y su familia.

En la noche de reencuentros del día anterior, planeamos aprovechar el día siguiente con la madre de Lauranne, Nadine y su marido Philippe. Por desgracia solo contábamos con un día para estar con ellos, así que decidimos visitar a la vecina Cannes, conocida por su festival de cine. Aparcamos en un parking nuevamente, en las ciudades turísticas es casi obligatorio. Esta vez tocaba aparcar junto a un buen deportivo, el lujo y el glamour se respiraban en el ambiente.

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El puerto de Cannes en Francia

Tras una breve visita al paseo marítimo y a los lugares mas concurridos, nos adentramos en el casco antiguo de la ciudad. Un entresijo de callejones en inclinada pendiente, con una iglesia custodiando la ciudad desde lo mas alto.

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El casco antiguo de Cannes

Desde lo alto pudimos observar la ciudad al completo.

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La Bahia de Cannes vista desde el Castillo

Tanto andar que nuestros estómagos empezaron a avisar de la hora, encontramos un restaurante con especialidades hindúes y pakistaníes. Una buena manera de ir haciendo cuerpo para los que nos esperan.  Cuando nos trajeron los platos no supimos distinguir cual era el de cada uno, así que comimos un poco de todo sin saber realmente lo que era, pero estaba bueno que es lo que importa. El tiempo primaveral hizo de las suyas. Comenzó a llover y corrimos hacia el coche. Nos dirigíamos a casa cuando volvió la calma y continuamos por el paseo marítimo hasta poder aparcar a las afueras. Frente a la playa disfrutamos de un café en  una terraza sobre el mar.

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Celebrando la Pascua

Al regresar a casa de Charlotte, tenía preparado todo para celebrar la Pascua.  La tradición es de esconder huevos de chocolate a los niños. Todo un espectáculo, era su primera verdadera Pascua.

Pasamos un buen rato con los niños y con Meko, que les ayudaba a encontrarlos. Después de la cena, muy temprano para nuestros hábitos de España, tuvimos que despedirnos ya de los padres de Lauranne. El día pasó demasiado rápido, pero por lo menos pudimos despedirnos de ellos.

Javi se había podido despedir de toda su familia. Pero Lauranne iba a emprender una nueva vida en otro continente y a partir de ese momento no podría volver a ver a su Madre con la misma facilidad que en Málaga, a tan solo 2 horas de avión… Por fin podíamos emprender el viaje en calma, era un lastre demasiado pesado en nuestro equipaje.

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Lauranne compartiendo la última noche con su madre

Disfrutamos de unos días en Grasse con Charlotte y su familia  y aprovechamos los días de descanso de Kevin, la pareja de Charlotte, para conocer los alrededores.

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Picnic con Charlotte y Kevin en Grasse

El miércoles estuvimos en Niza. La lástima es que olvidamos la cámara en casa. Dimos un buen paseo por el centro, pero los niños necesitaban algo más divertido. Mientras sus padres les daban una vuelta en un carrusel, nosotros fuimos con Meko a la playa, era su primer baño en el mar desde que salimos de casa. Como siempre, no quería volver. Con el perro empapado subimos al mirador para deleitarnos con las vistas. Antes de irnos, había que probar el plato típico de allí: la socca, una masa fina de garbanzos y la pissaladiere, una especie de pizza con cebolla, aceitunas negras y anchoas. ¡Todo riquísimo!

El jueves decidimos ir a merendar a Mandelieu La Napoule. Un pueblecito marinero con el característico puerto deportivo de la zona. El puerto de Mandelieu la Napoule en France

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El puerto de Mandelieu la Napoule

 

En esta ocasión contaba con el especial atractivo de un pequeño fuerte defendiendo la costa.

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Fuerte de Mandelieu la Napoule

Una vez mas Meko quería darse un chapuzón. Esta vez lo hizo bajo la atenta mirada de los niños, que no paraban de disfrutar jugando con el.

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Adonis y Lana jugando con Meko en la playa de Mandelieu la Napoule
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Adonis y Meko en la playa de Mandelieu la Napoule
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Lana, Adonis y Meko

Durante la estancia en casa de Charlotte, nos sentimos como uno mas de su familia, sus hijos no llamaban “tonton” y “tata”. Con esa mirada y llamándonos tito y tita, no podíamos resistirnos.

Todas las noches venían a darnos un beso de buenas noches, y a Meko también. Por las mañanas venían corriendo y se metían en nuestra cama a despertarnos y por muy temprano que fuera, siempre te robaban una sonrisa.

Fue difícil despedirnos de ellos, pero debíamos proseguir nuestro camino.Volvimos a cargar el coche y continuamos por la carretera dejando atrás unos días para recordar.

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